La canastera (Glareola pratincola) es otra de nuestras joyas mediterráneas. Aunque su status global es de preocupación menor ya que su distribución abarca gran parte de África al sur del Sahara y un área bastante amplia entre el mar Caspio y el Hiamlaya, en Europa es una especie rara exceptuando puntos concretos en la Península Ibérica, Camarga francesa, Balcanes-Turquía y poco más. En España se la encuentra en las marismas de Doñana y otros humedales andaluces, humedales de Extremadura y Castilla-La Mancha y humedales costeros en la Comunitat Valenciana y Catalunya y tiene la consideración de vulnerable. Desde el año 2006 el grupo de estudio de aves al que pertenezco mantiene un programa de marcaje de canasteras (1) que demuestra la conexión entre los humedales mediterráneos y una tasa de supervivencia bastante alta. El problema principal que afronta esta especie es la falta de lugares donde anidar: terrenos muy abiertos, áridos y de suelos pobres con poca vegetación, siempre herbácea pero cerca de humedales con abundancia de alimento, insectos que mayoritariamente caza al vuelo a la manera de las golondrinas. Este año por ejemplo, hemos podido constatar que la falta de lugares idóneos estables y tranquilos durante toda la temporada de reproducción ( por otro lado bastante corta) ha dejado en mínimos el número de juveniles. Es indignante que una especie tan emblemática y rara de ver al norte del Sistema Central o el oeste del Ibérico tenga verdaderos problemas para seguir adelante exigiendo muy poco: alguna superficie semiárida tranquila y limpia de vegetación cerca de un humedal.


Por esta zona se le llama Perdiu de mar (posada tiene cierto parecido con las perdices y de hecho a menudo corretea unos metros para huir como aquellas) y también Carregada (cargada), quizás porque al capturarlas podemos comprobar que suelen llevar el buche repleto de una masa crujiente: decenas de polillas y otros insectos que va cazando al vuelo. Al menos en época de reproducción -que es cuando las vemos por Europa- son gregarias y forman grupos de varias ( a veces muchas) decenas de individuos; en la marjal del Moro suelen asociarse a la colonia de estérnidos y también gustan acompañar a las excelentes guardianas las cigüeñuelas, pero siempre seleccionan los lugares más ralos. Este año cambiaron la ubicación en el Moro y volvieron a un viejo reducto que habían usado hace unos años en un campo de cultivo semiabandonado, también aquí tuvieron mala suerte y hubo unas transformaciones con maquinaria pesada. Afortunadamente había ya un buen número de pollos lo suficientemente crecidos como para huir y, aunque en número inferior al habitual, he podido ver alguno que otro durante el mes de julio. Otra especie que lo único que pide es que le dejen un trocito de tierra libre.